Diario del Mentor

Cómo superar el síndrome del impostor en el trabajo creativo

2026.07.23
Síndrome del impostor en el trabajo creativo: una jornada más en una agencia digital

Tengo el brief a medio enviar y el chat de Slack abierto cuando alguien escribe «¿tienes un segundo?» y ya sé, antes de leer el resto del mensaje, hacia dónde va la conversación: si lo que le salió bien fue mérito suyo o pura suerte. Anotar estas charlas en un cuaderno verde durante tanto tiempo me enseñó a reconocer el patrón apenas empieza. El síndrome del impostor en el trabajo creativo no pregunta por título ni portafolio, y se cuela justo donde debería estar la seguridad que trae la mentoría accidental que terminé ejerciendo sin buscarla. Esta entrada junta las preguntas que más me repiten sobre liderazgo creativo y bienestar laboral cuando el miedo a ser descubierta entra a la oficina, con las respuestas que de verdad probé, no las que suenan bien en una reunión.

Antes de seguir, una aclaración rápida: esta bitácora se sostiene en parte gracias a enlaces afiliados con Hotmart, y si te inscribís en algún programa desde acá, recibo una comisión sin que a vos te cueste nada extra. Lo único que menciono es lo que yo misma estoy revisando en este momento, como la Academia de Liderazgo basado en la NCL — no porque tenga todas las respuestas, sino porque sigo tratando de entender este rol de mentora que nadie me asignó formalmente. Nada de esto reemplaza a un psicólogo, a un coach certificado o a la conversación honesta que tal vez le debés a tu jefe.

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El talento no es vacuna contra la duda

En una agencia de diseño el trabajo queda expuesto todo el tiempo: a un cliente, a un algoritmo, a un feedback que llega en mayúsculas por Slack. Nadie mide una campaña por el proceso invisible detrás de ella, solo por el resultado que aparece en la pantalla, y esa exposición constante alimenta lo que en psicología llaman síndrome del impostor — la sensación de que el éxito fue prestado y en cualquier momento te lo van a reclamar de vuelta. No hace falta ser junior para sentirlo: Marianela, que fue mi compañera en un trabajo anterior antes de mudarse a Bogotá con un ascenso, todavía me manda audios los martes recordando —con una precisión que a veces me incomoda— dudas mías de esa época que yo ya había enterrado. El talento no vacuna a nadie contra la duda; si acaso, la vuelve más silenciosa.

Lluvia en el vidrio de una oficina, símbolo del bienestar laboral que cuesta sostener en el trabajo creativo

Cómo responder cuando alguien cree que le salió bien de pura suerte

La primera vez que alguien me trajo esa duda intenté resolverla con una lista de pasos concretos, anotar los logros propios y repetirlos en voz alta, y sonó exactamente a lo que era: un consejo prestado de algún artículo que leí, no algo que yo misma hubiera vivido. La persona asintió por cortesía y no volvió a mencionarlo. Lo que sí funcionó fue más simple y menos elegante: preguntar qué parte del proyecto le había costado más defender frente al cliente, y quedarme callada mientras contestaba. Oswaldo, un desarrollador backend que casi nunca habla en las reuniones, me escribió un día por Slack fuera de horario para preguntar cómo manejar un desacuerdo con su líder técnico; desde entonces nos tomamos café un par de veces al mes, y prefiere resolver todo por texto antes que de frente, aunque nunca se niega a sentarse a hablar.

Con él aprendí que ejercer mentoría sin cargo ni título formal se parece más a hacer las preguntas correctas que a repartir consejos, y que escuchar de verdad — sin ensayar la respuesta mientras el otro todavía habla — pesa más que cualquier lista. Algo parecido pasa entre compañeros del mismo nivel: cómo hacer mentoria entre pares para fortalecer el equipo no necesita jerarquía, solo alguien dispuesto a escuchar sin juzgar el resultado.

Mano escribiendo en un cuaderno verde sobre mentoría accidental y liderazgo creativo

La diferencia entre escuchar y repartir soluciones

Hay una diferencia que tardé en notar entre sostener una conversación sin agenda propia y simplemente esperar mi turno para opinar. La primera vez que sentí que de verdad estaba ayudando no fue en una reunión formal, sino tomando café con Diego, uno de los diseñadores, cuando noté que ninguno de los dos había mirado el teléfono mientras subíamos en el ascensor de vuelta al piso — algo tan simple como no revisar notificaciones se sintió como la prueba de que la charla había valido la pena. Ahí entendí que las preguntas que abren una conversación (¿qué parte de esto te preocupa más, el resultado o lo que van a decir de vos?) hacen más que cualquier consejo bien intencionado, y que dar una opinión sobre el trabajo de otra persona sin que se sienta como una crítica encubierta es casi un oficio aparte.

El síndrome del impostor después de un ascenso

No. Si acaso cambia de forma. La duda de si merecías el ascenso se mezcla con el duelo de dejar de ser par para pasar a liderar al mismo equipo con el que almorzabas todos los días, y se complica todavía más cuando entran retos en la transición de compañero a líder en equipos creativos que pasan por encima de la relación que ya tenían. Ahí el impostor no pregunta si sabés diseñar; pregunta si tenés derecho a decirle a alguien que hasta ayer era tu igual qué hacer con su tiempo.

Poner un límite sin dar un portazo

Decirle que no a tu propio jefe sin quemar el puente es distinto a acomodarse en el silencio por miedo a incomodar. Cuando quien duda de sí mismo, o de vos, es tu jefe y no un compañero, la tentación es callarte porque parece más seguro a corto plazo, pero el objetivo no es ganar la discusión, sino seguir pudiendo trabajar juntos al día siguiente. A mí me ha ayudado salir a caminar por el Parque García Rovira antes de contestar algo así por escrito; la respuesta que se me ocurre a los cinco minutos casi nunca es la que termino mandando.

Lo que estoy revisando yo misma estos días

Estoy revisando la Academia de Liderazgo basado en la NCL más que nada porque el material viene dividido en módulos cortos que se pueden retomar entre semana cuando una conversación de oficina dispara una pregunta nueva, y la plataforma de Hotmart no da sorpresas técnicas a mitad de un módulo. El enfoque NCL tiene críticas legítimas dentro de la psicología académica — lo uso como marco práctico para nombrar patrones de conversación, no como ciencia exacta — y hay que decirlo con honestidad: es una inversión que pesa bastante si tu sueldo está en pesos y no en dólares, y el ritmo asume que tenés tiempo entre módulos para los ejercicios, que no siempre es el caso. Si te interesa entender por qué inscribirse en una academia de liderazgo puede tener sentido incluso sin aspirar a un cargo directivo, ahí lo desarrollo con más calma.

Pantalla con una plataforma de formación en liderazgo revisada frente al síndrome del impostor

Cierro el cuaderno por hoy sin una fórmula mágica para el síndrome del impostor, pero con una certeza: la duda no desaparece con un ascenso, un diploma o una plataforma de cursos, sino que se hace más liviana cuando alguien más te escucha sin apurarse a arreglarte. Afuera, las luces del techo ya cambiaron a ese tono más cálido que toman cuando la oficina se va vaciando, y es en ese rato, no en medio del ajetreo del día, cuando de verdad pienso en todo lo que me preguntaron. Si buscás un lenguaje distinto para nombrar lo que te pasa a vos o a tu equipo, ahí sigue la Academia de Liderazgo basado en la NCL, con enlace de afiliado y todo, revisada por alguien que todavía está aprendiendo a ser mentora sobre la marcha.

Dos tazas de café sobre una mesa, símbolo de las conversaciones detrás de la mentoría accidental
Nota: Para que quede claro: lo que lees aquí es mi propia perspectiva -- no es consejo profesional. Para temas de salud o dinero, pide siempre la opinión de un profesional que conozca de verdad tu situación.