
No siempre tengo claro qué decirle a alguien del equipo de diseño que se sienta frente a ti esperando que tengas lista la respuesta que resuelva su carrera, cuando hacer mentoring sin tener el cargo de jefa todavía se siente como improvisar con buena intención. Llevo un tiempo haciéndome esa pregunta sin encontrar una respuesta que sirva siempre.
Antes de seguir, el paréntesis de siempre: este Diario del Mentor se sostiene en parte con vínculos de afiliado con Hotmart — si te metes a algún programa desde un enlace que comparto acá, yo gano una comisión y el precio no te cambia a ti. Tampoco soy psicóloga ni coach certificada, ni falta que hace fingir que lo soy; lo que escribo sale de mi trabajo en people operations y de las páginas de mi cuaderno verde. Si estás pasando por algo que pesa de verdad, habla con un profesional de salud mental, no conmigo.
Empecé a hacer mentoring sin saber que tenía nombre
Entré a esta agencia como asistente, cargando facturas y ordenando carpetas que nadie más quería tocar. Hoy trabajo en people operations, en un equipo de unas sesenta personas repartido entre la oficina y las casas de medio país. Nadie me nombró mentora de nada. Un día el equipo de diseño empezó a aparecer por mi escritorio — no por temas de nómina, sino por el oído. Querían hablar de un ascenso que no llegaba, de un cliente que no sabía qué quería, de un director de arte que gritaba cuando el estrés le ganaba.
Me pareció gracioso al principio, la verdad — a nadie en esta industria la entrenan en habilidades blandas, una las va aprendiendo sobre la marcha mientras cree que solo está conversando. Yo misma estaba en plena reconfiguración de mi propio camino y no me sentía con autoridad para guiarle la carrera a nadie. Después empecé a escribirlo en un cuaderno verde, primero por miedo a olvidar qué le había dicho a quién, luego porque entendí que eso que hacía tenía nombre — una especie de mentoring creativo que nadie puso en mi descripción de cargo. De ahí nació casi todo lo que cuento en mi experiencia como especialista en People Operations en agencias: ser mentora sin título es, sobre todo, estar disponible cuando alguien decide que confía en ti primero.
¿Qué hago cuando el instinto ya no alcanza?
Hubo un café que todavía me incomoda recordar. Un diseñador con bastante más camino recorrido que yo se sentó enfrente, buscando que yo le resolviera una duda sobre su futuro en la agencia. Sentí esa presión física en el pecho, la de no tener un marco y solo intuición, y en vez de parar a respirar antes de hablar contesté rápido, con frases que sonaban sacadas de una reunión de recursos humanos, de esas que una repite sin pensarlas dos veces. Funcionó tan mal como suena: lo dejé más confundido que antes, y me quedé con la sensación de haber fallado algo que me importaba de verdad.
Esa tarde entendí que escuchar bien no es simplemente quedarse callada esperando el turno de hablar, es dejar que la otra persona termine la idea completa antes de que una empiece a armar la respuesta en la cabeza. También entendí que esa voz que te dice "tú no deberías estar dando este consejo, no tienes el papel que lo certifique" no se calla sola. Ahí fue cuando empecé a meterle más estructura a lo que ya hacía por instinto, a mirar la Academia de Liderazgo basado en la NCL entre semana, después de cerrar el último ticket. No resuelve de un tirón la voz del impostor, pero sí me dio un vocabulario distinto para nombrar por qué nos congelamos frente al conflicto, y unas preguntas mejores que hacer antes de soltar una opinión sobre la carrera de alguien más — preguntas que abren, no que ya vienen con la respuesta adentro. La confianza de un equipo no se construye solo con eso, pero ayuda a que la gente sienta que una llega preparada y no solo con buena voluntad.
Diseñar conversaciones cuando nadie tiene una hora libre
En una agencia digital no hay margen para esperar un año de antigüedad antes de empezar a acompañar a alguien — a veces el mentoring es ayudar a decidir algo en medio de un sprint de dos semanas, sin que la decisión se sienta como una condena si sale mal. Eso traté de explicarle a un diseñador junior que no se animaba a mandar una propuesta por miedo a equivocarse: que el error, bien mirado, es solo otro dato y no una sentencia, y que se le puede señalar un error a alguien sin que la conversación le rompa la confianza en sí mismo — algo de lo que hablo más en mejorar la toma de decisiones en el trabajo sin miedo al error.
Oswaldo, uno de los desarrolladores backend, casi nunca habla en las reuniones generales, pero un viernes a las siete de la noche me escribió por Slack preguntando cómo manejar un roce con su líder técnico. Desde ahí nos tomamos dos cafés al mes, y aprendí algo de él que no esperaba: necesita pensar en voz alta, aunque suene a monólogo, antes de llegar a ninguna parte. Mediar sin tener autoridad sobre nadie, ni sobre él ni sobre su líder, significa no agarrar partido, solo sostener la conversación el tiempo suficiente para que él mismo encuentre por dónde seguir. De eso también escribí en lo que aprendí mediando conflictos en el trabajo sin ser jefa. Gestionar hacia arriba, hacia los directores que esperan resultados rápidos, es otra conversación aparte — ahí lo que más uso es poner un límite sin que suene a portazo, algo que a veces toca repetir varias veces antes de que se entienda que decirle que no a una tarea no es decirle que no a la persona.
Con la mitad del equipo en la oficina y la otra mitad conectada desde su casa, hay algo que no se nota a simple vista: quien está físicamente cerca de mí termina teniendo más oportunidades de que lo escuche entre pasillo y pasillo, aunque yo no lo busque así. Eso me obliga a preguntarme seguido a quién no le estoy dando ese mismo espacio solo porque no lo veo todos los días. También aprendí a reconocer el agotamiento que no hace ruido, el de la persona que sigue entregando a tiempo mientras por dentro ya no tiene nada más que dar, porque se parece mucho al mío en las semanas peores — y delegar sin soltar del todo el hilo de lo que importa es la única manera que encontré de no ahogarme ni ahogar a nadie más en el intento.
El café con Diego y la pregunta que no contesté
Llevaba cinco semanas con el cuaderno cuando me tocó el café con Diego. Hablábamos de si debía pedir el ascenso que llevaba meses posponiendo, y en toda la conversación no tocó el teléfono ni una vez, ni siquiera cuando vibró dos veces seguidas sobre la mesa. Ese duelo raro que es no pedir algo que uno quiere por miedo a que se lo nieguen no se resuelve en un café, pero sí se puede acompañar sin fingir que una ya pasó por ahí con todas las respuestas resueltas.
A mi excolega Marianela, con quien trabajé antes de que se fuera a Bogotá con un ascenso que sí llegó, le cuento estas cosas por notas de voz los martes, sin agenda ninguna, solo para pensar en voz alta con alguien que ya no está metida en el día a día de la agencia. Ella tiene un criterio que yo todavía estoy construyendo: distingue rápido entre lo que es gestión de personas de verdad y lo que es puro barniz de liderazgo. Le pregunté una vez si lo que hago cuenta como mentoring real o si es solo conversación con nombre bonito, y me dijo que la diferencia está en si la otra persona sale de la charla con algo propio o con una frase que no era suya. Esa distinción se quedó pegada más que cualquier módulo que haya revisado.
El material de la Academia de Liderazgo basado en la NCL es denso, pero ordenado en módulos cortos que he ido revisando de a poco, entre semana. No lo tomo como ciencia cerrada, tiene detractores con razones válidas en la psicología académica, pero como marco práctico me ha servido para volver atrás cuando aparece una conversación que no sé cómo agarrar. El acceso tiene un costo que pesa según el mes, así que si te late revisarlo, mejor chequea el precio actual directo en la página del vendedor, porque cambia.
Pasar de ser compañera a ser la persona a la que le preguntan estas cosas no vino con manual ni con ascenso de cargo, vino solo con que alguien decidiera confiar primero. Con el rastro de tantos cafés que se enfriaron antes de que lograra terminármelos, se me quedó algo más claro: mentoring sin título no es tener la respuesta lista, es estar dispuesta a quedarte con la pregunta de la otra persona el tiempo suficiente para que ella encuentre la suya propia, aunque eso signifique que tú sigas sin tener del todo la tuya. Si sientes que estás en ese lugar, guiando sin que nadie te haya puesto el cargo, tal vez te sirva mirar lo que está haciendo la Academia de Liderazgo basado en la NCL; a mí me ayudó a dejar de improvisar sobre la marcha. El cuaderno verde ya va por las segundas tapas, y sigue llenándose cada semana que alguien se sienta frente a mí buscando el oído, no el cargo.