Diario del Mentor

Cómo liderar con empatía y asertividad usando el enfoque neuroconsciente

2026.09.11
Liderazgo con empatía y asertividad desde el enfoque neuroconsciente: mentoría accidental en people ops

Escuchar a alguien no es lo mismo que cargar lo que esa persona siente. Confundir esas dos cosas fue, durante buena parte de este camino, mi error más repetido como mentora accidental. En el cuaderno verde donde anoto las conversaciones de pasillo y de Slack aprendí que el liderazgo consciente no consiste en fusionarse con el dolor ajeno, sino en entender por qué el cuerpo de la otra persona reacciona así antes de abrir la boca. Ahí empieza, para mí, el enfoque neuroconsciente: no ablandar el mensaje, sino leerlo bien antes de soltarlo. La comunicación asertiva sale de esa lectura, no de un guion aprendido.

Antes de seguir: esta bitácora existe porque necesito anotar lo que aprendo en estas charlas, y también se sostiene con enlaces afiliados de Hotmart. Si te inscribes en algún programa desde los enlaces que dejo acá, como la Academia de Liderazgo basado en la NCL que es justamente lo que estoy revisando ahora, gano una comisión del 36% sin que a ti te cueste un peso extra. No soy psicóloga ni coach certificada; si la cosa se pone seria de verdad, siempre es mejor hablar con alguien que sí lo sea.

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La empatía neuroconsciente no es una esponja emocional

Trabajo en People Ops en una agencia digital de Bucaramanga, y desde hace tiempo la gente llega a mi escritorio, el de los dos monitores con la barra de notificaciones siempre parpadeando, el cuaderno verde con su elástico negro atravesado sobre la mesa, la pequeña planta de pothos que sigue viva de milagro junto al monitor izquierdo, para hablar de cosas que no tienen nada que ver con nóminas ni con contratos. Ahí fue donde entendí que hace falta algo más que buena voluntad para sostener esas charlas: hace falta entender un poco de neurociencia, no como especialista, sino como alguien que necesita un mapa para no perderse en la conversación de otra persona.

Cuaderno verde de liderazgo consciente junto a la pantalla de un curso sobre enfoque neuroconsciente

La primera vez que alguien me dijo, casi como un cumplido, que yo era "su mentora", no supe qué contestar (todavía no sé, la verdad, si algún día voy a acostumbrarme del todo). Sentí que estaba ocupando un lugar para el que nadie me había dado permiso. Escribiendo sobre eso en Mi experiencia como especialista en People Operations entendí que el trabajo real no es sentir lo que el otro siente, sino leer por qué reacciona así antes de decir cualquier cosa. Esa es la diferencia entre estar cerca de alguien y hundirte con lo que esa persona carga.

Las comparaciones con otros compañeros no ayudan

Tuve la costumbre de comparar la situación de quien tenía enfrente con la de otro compañero, pensando que eso ayudaba a poner las cosas en perspectiva. No ayudaba. Lo que la persona escuchaba no era "esto es manejable", sino "lo tuyo no es tan especial como crees". Ahí se cerraba, en lugar de abrirse.

Me pasó justo así con una conversación sobre una promoción que no llegó: quise aliviar el golpe diciéndole que a otra persona del equipo le había pasado lo mismo, y lo único que logré fue que sintiera que yo restaba peso a lo suyo. Lo que sirvió, cuando volví a afrontar la evaluación de desempeño laboral desde otro ángulo, fue cambiar la comparación por una pregunta que no llevaba la respuesta metida adentro. Algo tan simple como qué era lo que más le pesaba de eso en ese momento, en lugar de explicarle su propio golpe con el ejemplo de otra persona.

Lo noté de verdad una tarde en el bus, de regreso a casa, repasando una conversación que había tenido esa semana con Carolina: por primera vez no cargaba ese nudo apretado en el pecho que normalmente me quedaba después de esas charlas. La había escuchado completa, sin intentar arreglarle nada en el momento, y el peso se quedó donde tenía que quedarse: en ella, no en mí.

Se lo conté a Héctor Granados, un amigo del barrio que trabaja en logística y que cada tanto me pregunta cómo van "esos cafés" sin tener muy claro todavía de qué se tratan. Tuve que explicárselo de nuevo, despacio, y ahí caí en cuenta de que ni yo misma tenía el lenguaje tan claro hasta ese momento. A veces explicarle una idea a alguien de afuera es lo que más la ordena.

La asertividad como límite, no como pelea

La asertividad no es la versión dura de la empatía, aunque muchas veces se enseñe así (yo también lo creía). Como si tocara elegir entre ser amable o ser clara, entre escuchar bien o poner un límite. Puedo hacer las dos cosas en la misma frase. Decir que no a una tarea de más, o a un mensaje de Slack a las diez de la noche, no borra lo que sentí escuchando a la persona antes; solo le pone un borde a mi propia carga, que también necesita cuidado.

Aprender a poner límites con compañeros que antes sentían mi silla como un confesionario abierto a cualquier hora me enseñó que un límite bien puesto no cierra la puerta de un portazo. La deja entornada, lista para la próxima conversación. Y antes de responder cualquier cosa cuando el tema pesa, me tomo un segundo para notar qué está pasando en mi propio cuerpo, no solo en el del otro. Esa pausa, más que cualquier técnica, es la que evita que termine devolviendo el golpe que acabo de recibir.

Nombrar lo que pasa, sin quedarse ahí

Ahí está, creo, el error de fondo del mito: pensar que la empatía consciente termina en ponerle nombre a lo que le pasa al cuerpo del otro, "esto que sientes es una alarma, no una amenaza real", y quedarse ahí, como si nombrar fuera lo mismo que resolver. Nombrar es apenas el primer paso. Lo que sigue es preguntar, ajustar el propio tono, y a veces simplemente quedarse callada un rato más de lo que el silencio incómodo me pide.

Nadie me dio un cargo para hacer esto (sin título, sin diploma que lo respalde). Sigo ejerciendo un tipo de liderazgo que nadie puso en mi contrato, y eso también es parte de lo que corrijo cuando alguien asume que hace falta un cargo directivo para que la gente empiece a buscarte el oído. Tampoco pretendo que el enfoque neuroconsciente sea ciencia dura: tiene críticas serias desde la psicología académica, y lo uso como un mapa práctico para ordenar conversaciones, no como una verdad de laboratorio.

Lo que sí sostengo después de tantas tazas de café frías

Lo que sostengo, entonces, no es una fórmula ni una lista de pasos que sirva igual para cualquier conversación. Es más bien una costumbre: notar primero qué está pasando en mi cuerpo y en el del otro antes de decir nada, no fundirme con lo que siente la persona que tengo enfrente, y confiar en que un límite bien puesto también es una forma de cuidar la relación, no de romperla.

Si te reconoces en esto, si la gente te busca para hablar sin que tengas un cargo que lo explique, y a veces terminas el día con la taza de café fría porque se te olvidó tomártela mientras escuchabas, el material que estoy revisando en la Academia de Liderazgo basado en la NCL me ha servido como mapa, no como receta: viene en módulos cortos que caben entre reuniones, la plataforma de Hotmart no me ha dado un solo problema técnico, y se puede volver atrás cuando una conversación de oficina dispara una pregunta nueva. No sustituye lo que cada quien tiene que aprender escuchando de verdad, pero ayuda a no sentir que se está improvisando desde cero cada vez que alguien se sienta frente a ti.

Nota: Para que quede claro: lo que lees aquí es mi propia perspectiva -- no es consejo profesional. Para temas de salud o dinero, pide siempre la opinión de un profesional que conozca de verdad tu situación.